1 de agosto de 2016

Ejercicio de escritura No.5: LA PAZ




No estoy en contra de la paz como diría Juanes, es solo que creerle a los que la están “procesando” es tan complicado. No quiero entrar en detalles sobre los años que llevamos en conflicto o quien tiene la razón, la verdad a mí la política me sabe a… me sabe muy mal. Lo que sí creo es que, lejos de dejar en manos poco fiables un tema tan delicado, la paz no es algo externo que podemos comprar, canjear, condicionar. La paz es algo que debemos cultivar desde el fondo de nuestro ser, la paz que necesitamos sale de adentro, de lo que le enseñamos a nuestros hijos, de cómo nos comportamos en la calle, sale de la tolerancia, de nuestra relación con los demás, de respetar otros puntos de vista, otras creencias, otros gustos, otras formas de vivir y ver la vida.
 



Tengo mucho defectos, lo sé, mi tolerancia a veces se queda en un 10% como la batería de mi celular, pero intento recargarla cada noche, enchufándola a la energía que me da la reflexión de lo que tengo. La recargo cuando agradezco por la vida que llevo, por las satisfacciones de una familia que puede sonreír sin calcular, por el hogar en el que vivo, por los alimentos que recibo a diario, por el techo que me calienta, por las satisfacciones que da el ver que los sueños pueden volverse reales, que pueden tocarse y compartirse.



Con toda esa energía recargo mi tolerancia y aunque a ratos se agota y salgo con comentarios desatinados, me auto regaño y pienso que un país en conflicto, como una ciudad desastre, depende en una gran parte de nosotros, de lo que podemos darle a los demás. Me falta mucho lo sé, en realidad me recrimino a diario por no hacer algo. Pero me consuela un poco saber que pongo un granito de arena tratando de llevar una vida feliz y tranquila, en la que le enseño a mi hija a disfrutar, a tolerar, a agradecer. 


La paz, como dice el cliché “empieza en casa”.

27 de mayo de 2016

Ejercicio de escritura No. 4: Trascendencia




¿Qué pasa cuando morimos? Y nos es que hoy ande trascendental, no estoy pensando en la luz al final del túnel, en el juicio final, en reencontrarnos con los que se fueron, en volar a la nada o en reencarnar en pato. No, me refiero a qué pasa con lo que fue propio en nuestra ausencia. ¿Quién se encargará de bajar nuestra ropa de los ganchos y de llevarla a algún lugar? ¿A qué lugar?

¿Quién escarbará nuestros cajones, quién definirá qué hacer con tantas cosas que guardamos como tesoros de valor incalculable y que en manos de otro quedarán clasificadas como simple y vulgar basura? ¿Se detendrá alguien a leer las cartas aprisionadas en mil dobleces, lo hará una persona que nos quiso y que desenterrará por fin los mensajes ocultos o llegarán a manos de un extraño que las manoseará con curiosidad morbosa o terminarán hechas pedacitos en la caneca del reciclaje? 

Los libros, las dedicatorias, algún barquito de papel navegando entre las hojas de un poema. Un anillo de algún metal innoble, ya sin brillo, casi una tuerca de latón que puede llevar en su silencio una promesa incumplida, un romance fallido. Ese también irá a parar en las entrañas podridas de una bolsa negra. ¿Qué pasa con los espacios compartidos, con el tarro de pistachos que nadie más come en la casa, con las mascotas cuidadas durante años, con las plantas que crecieron rociadas de afecto; cuánto tiempo durará nuestro olor en la almohada, nuestras huellas en los muebles?

No quiero terminar este ejercicio en signo de interrogación, tampoco quiero que el punto final deje ese sabor a lágrima que me acaricia la boca en este instante. Quiero creer que cuando ya no esté aquí, alguien va a pasearse por las hojas de mis libros y va a permitirse sentir con ellos. En ese instante, en el momento en que alguien suspire tras leer una frase, se enjuague con disimulo una lágrima o permita a su cara la distención de una sonrisa, en ese segundo volveré a estar aquí en la tierra, volveré a ser humano, volveré a ser recuerdo. Entonces, en ese imperceptible instante en el tiempo, volveré a estar viva, a ser yo.

15 de marzo de 2016

Ejercicio de escritura No.3: Curarse




Curarse. 


¿En realidad existe cura para los sentimientos? Más que curarse se decantan, les sale costra, dejan de doler, la costra cae, la zona se insensibiliza y con el tiempo, mucho tiempo, la línea delgada y decolorada nos recuerda lo que fue un gran dolor, ya no duele, claro, pero si pasamos un dedo por encima, notamos que esa piel aunque se ve sana, no siente, su forma de curarse es deshabilitar la opción de sentir. Puede ser delgada, clara y en algunos lugares no muy perceptible, pero ahí está, ahí va a quedarse con su sutil muerte hasta nuestra propia muerte. Algunos masoquistas la acariciaran de vez en cuando, esperando que vuelva a sentir o recordando el trauma que la ocasionó, quien va a saberlo, algunos otros la maquillarán para esconderla “que nadie sepa mi sufrir” dice la canción, pero el sufrir como la línea estará ahí grabada hasta la muerte o hasta que la cantidad de líneas recogidas en el camino sea mayor que la piel sana y la insensibilidad mate al portador.


¿Es eso la vida? Acumular dolores, dejarlos cicatrizar, maquillarlos, ¿es acaso eso el amor? ¿Acumular líneas que evidencian los fracasos? 


Es posible en un acto de locura hacer una incisión alrededor de la línea ya vieja, retirarla en las capas necesarias y crear una nueva cicatriz que empiece el ciclo pero que nos recuerde ya no ese dolor del pasado sino un dolor nuevo, creado, pedido, buscado. Uno que aunque sea mayor logre borrar el anterior.


¿Qué nos empuja a seguir cayendo? a seguir buscando ideales que sabemos que tienen una alta probabilidad de convertirse en cicatrices, en líneas blancas que insensibilizan secciones cada vez más extensas de nuestra piel. ¿Qué nos permite seguir viviendo, ajenos a la cantidad de líneas que nos atraviesan insensibilizándonos lentamente, mortalmente?


¿Terminar un texto con preguntas tiene sentido? ¿Lo encontrará algún día alguien que le dé respuesta? Y si eso pasa, ¿servirá de algo si el que lo escribió nunca recibe el mensaje del que logró responderlo?


9 de marzo de 2016

Rompecabezas




Hace muchos años, cuando la escritura era solo un pasatiempo que se quedaba abandonado en las páginas finales de un cuaderno de universidad, leía a los famosos y me preguntaba que tenían en la cabeza, que los llevaba a crear historias que lograban sorprenderme, inquietarme o a veces aburrirme.

Me pasaba, como me sigue pasando cuando escucho con detenimiento la letra de una canción, que intentaba descifrar cada palabra, cada frase usada para hacerme una idea del propósito de la historia. Un dolor, una decepción, un amor incomprendido, un hijo perdido. Algunas veces, busco en Internet la biografía del autor para, en un trabajo de detective, descubrir que pasaje de su existencia está plasmando en lo escrito. Con los avances tecnológicos es más fácil la tarea, aun así, si pudiera tener un don sobrehumano, me encantaría ser un narrador omnisciente en la vida real, poder seguir a las personas, ver que hacen tras las puertas cerradas, poder entrar a sus mentes y desenmascarar la verdad de sus gestos, saber con certeza que esconde una sonrisa o un guiño, escuchar el discurso que esconde un silencio, el verdadero sentido de un comentario suelto.

Ahora que puedo tocar y sentir uno de mis libros, pronto dos, que puedo con ojos de lector desprevenido recorrerlos, cambian las preguntas. Ya no busco entrevistas hechas al autor para juntar fichas de rompecabezas entre lo que ha vivido y lo que narra, ahora puedo leer en ellos una frase y saber si tiene relación con mi vida o no, entonces, ahora que estoy al otro lado del texto, me pregunto si alguien allá afuera está haciendo la tarea con mis historias de buscarme ahí, de querer saber si lo que escribo es una consecuencia o un resultado de lo que he vivido y en silencio sonrío, en silencio enrojezco, en silencio medito, porque cuando volteo el ejercicio y analizo mis escritos, los ordeno en el piso como fichas por colores, separando azul de cielo de azul de mar, agrupando verdes claros y verdes más oscuros, y veo desde arriba el trabajo por hacer, las fichas por juntar, entiendo que al cerebro lo alimentan las vivencias, pero su capacidad de crear es tan ilimitada, que podría fácilmente confundir al más experto psicoanalista. Que no vale cuanto investigue al autor de un texto, armar un rompecabezas de lo que plasma en el papel siempre va a ser una tarea imposible.