16 de junio de 2020

Punto de vista


Siempre había disfrutado su ventana, mirar por su ventana, abrir su ventana en las mañanas y dejar que el aire frío invadiera y limpiara su cuarto. Correr la cortina para permitir que la luz del sol calentara la mitad de su cama y una parte del tapete. Siempre había disfrutado asomarse un poco y ver a lo lejos el tráfico y la gente, los buses repletos de personas mal encaradas. Siempre había agradecido el estar observando desde lo alto la congestión y una que otra pelea de los peatones con los oficinistas que pasaban por el andén en sus bicicletas. Respiraba profundo y agradecía al cielo no tener que ser uno de esos oficinistas apurado en su bicicleta o una de esas mujeres apretujadas en el bus.

Pero ese día abrió de mala gana su ventana, afuera no había tráfico, ni buses, ni oficinistas. El aire que entraba era más limpio pero ya no la emocionaba, estar dentro ya no era una bendición, se había convertido en una obligación y eso, eso no lo soportaba.

7 de enero de 2020

Reflexiones de Año Nuevo


Andar por la vida es como manejar por Bogotá, le dan a uno un cursito básico (al menos los que nos preocupamos por tomarlo) y salimos a la calle a practicar: embrague, primera, freno, mirar para un lado, arrancar despacio. Así como cuando somos jovencitos y todo es nuevo y todo nos asusta, vamos andando, vamos cogiendo práctica y nos atrevemos a acelerar cuando vemos una vía sin desocupada, nos metemos en una relación o conseguimos un préstamo, entonces, cuando todo se ve bien, de la nada nos sale un camión, nos invade el carril y tenemos que frenar intempestivamente para no estrellarnos. Quedamos con el corazón en la mano, al borde del infarto, mientras el camión se pierde tranquilamente en la distancia. El camión podría ser nuestra primera decepción amorosa o perder el empleo cargando encima tremenda deuda. Y así, seguimos por la vida queriendo avanzar y esquivando conductores que no aprendieron a manejar sus vidas o a otros que manejan tan mal que hay que darles espacio para evitar que nos estrellen.


De vez en cuando también nos fallan los reflejos y terminamos con la vida abollada por uno de esos mal intencionados, por uno que va distraído haciendo daño o simplemente porque creemos que ya dominamos el arte de andar por la vida y nos distraemos.

Entonces ¿cuál es el éxito en la vía/vida? En estos años que llevo manejando la mía, he aprendido que no importa cuánto cuidado tengas, mientras manejes existe siempre el riesgo de que le pase algo a tu andar. Que te cierren, que te rayen, que te toque frenar de improviso y te quedes sin aire, que de alguna forma te afecten los demás conductores o que simplemente caigas en un hueco y se te dañe un eje. 


Hasta estando parqueado, en total tranquilidad y sin acercarte a los demás, te puede caer un ladrillo en el capó. Esa es la vida, hay que saber conducirla, aprender a ser cada vez más previsivo, andar por el carril propio y guardar una buena distancia para poder contar con el espacio suficiente para evadir a los que se creen Montoya o a los que no han aprendido a cambiar de carril, pero siendo conscientes de que mientras estés vivo, siempre vas a tener a tu alrededor peligros que pueden afectar tu vehículo. 


Dediquemos este año a consentirlo, una buena lavada de conciencia, una polichada de comida sana, una reparadita de motor haciéndonos exámenes para controlar el colesterol y los triglicéridos. Dediquemos tiempo y dinero a nuestra nave y no olvidemos afinar los frenos para tener con qué reaccionar cuando sea el momento.

21 de agosto de 2019

NN


Abrió los ojos, le ardían. La luz de los corredores no ayudaba, a su lado, una pared fría, casi blanca pero con manchas. Le dio asco. Entonces miró a su alrededor, trató de moverse y le respondió un dolor que le recorrió toda la espalda. Estaba acostada y cada trozo de piel contra la camilla le dolía. De su brazo reptaba un tubo que subía hasta una bolsa medio vacía que colgaba de un tubo oxidado. Su cuerpo estaba cubierto por una sábana azul celeste que seguramente fue más oscura antes de las mil lavadas que traía encima.



Trató de incorporarse pero sus brazos no respondieron, el poco músculo que quedaba adherido a los huesos estaba débil y entumido. Con esfuerzo levantó un poco la cabeza y vio a sus pies una fila de camillas, cada una con un personaje acostado y conectado a una bolsa como ella.



- Se despertó la NN – le dijo una enfermera a otra que le ayudaba y ambas la miraron con cara de asombro. Un rápido calor le subió a la cabeza, las mejillas de inmediato se llenaron de color, sintió que le hervían las cienes – No soy ninguna NN – pensó con furia.

- Si quiera se despertó – le dijo la enfermera mientras se acercaba por el corredor – Estábamos preocupados después de tantos días ¿cómo se siente? - Ella intentó responderle, pero en cada movimiento, un nuevo dolor aparecía.


- ¿Cómo se llama? – le preguntó. Ella abrió la boca para responder a la más sencilla de las preguntas, esa que se le hace a todo ser humano desde antes de que tenga la capacidad de responder. Entonces su cerebro se puso en blanco, no había recuerdos, no pudo rescatar un solo instante de su vida anterior a ese momento. No sabía quién era ni de dónde venía, entonces, con angustia lo admitió callada, soy una NN.

18 de marzo de 2019

Cambios


La vida es una suma de cambios, sin el cambio el camino se vuelve plano, una carretera en la que el paisaje se repite y el efecto hipnótico nos duerme, los cambios aparecen para alterar esa pasividad, esa tranquilidad que nos va hipnotizando.


Algunos cambios nos incomodan un poco y al reacomodarnos notamos que se durmió una pierna o que tenemos la marca de la cobija en la mejilla, estiramos la pierna y nos responde un músculo recogido en otro lado. La tranquilidad anestesia. Cambios que entumen.

Pero hay cambios radicales, esos que le pasan a los demás y no consideramos si quiera como probables. Hace unos meses, en la Autopista, un grupo de cuatro, dos hermanas, un novio, un amigo, transitaban a alta velocidad (alta velocidad en un país como el nuestro, velocidad promedio en muchos otros) un peatón se asomó para cruzar en un lugar donde no debía, el conductor se asustó, hizo una maniobra para evitarlo y acto seguido, se llevó por delante un árbol y terminó impactando un gran poste. Tres muertos, el conductor se salvó. Cambios inesperados.


Las imágenes del padre de las dos mujeres partía el corazón, arrodillado en el suelo gritaba frente a la escena. Cambios que matan. Trato de imaginar qué sigue después de algo así, lejos de buscar causas o culpables, cómo una familia sigue la vida después de perder a dos de sus miembros en un segundo de descontrol. El conductor ni siquiera había bebido. Cambios que destrozan.


Y ese personaje que llevaba el volante, venía de celebrar el paso de estudiantes universitarios a adultos que trabajan, imagino las risas, la música animada, los planes. Manejaba rápido, todos lo hemos hecho y en un segundo pasó de mejor amigo a responsable de tres muertes. Cambios que culpan.


¿Estamos preparados para afrontar los cambios? ¿Vivimos entumecidos en la comodidad? ¿No sería mejor si hacemos algunos cambios conscientes antes de que la hipnosis nos duerma? Cambios necesarios.

3 de septiembre de 2018

Esperanza



Domingo en la noche, yo canaleando. Me encuentro con "El Pianista" y veo algo más de media hora, me duele, como cada vez que veo estas tragedias que han afectado a la humanidad y me lleno de preguntas. El drama de los judíos y de muchos otros grupos a los que no les han hecho películas, las humillaciones, las torturas, las miles de muertes que se dan a diario en el mundo me golpean y me hacen cuestionarme cómo, si el mundo se entera de lo que pasa con otros seres humanos los atropellos siguen y no hacemos nada por evitarlo. Cómo permitimos que un lunático acabe con millones de hombres, mujeres, familias enteras y no hacemos nada. ¿Qué pasa con las protestas, manifestaciones, derechos humanos? Alguien que se indigne y trate de detener tanta masacre.


Entonces, cierro mis ojos que es lo que hemos hecho siempre ante la crueldad y en otro canal me encuentro con “Mercy Ships”, un inmenso buque lleno de médicos, enfermeras y un montón de personal de apoyo, que van por los lugares más abandonados atendiendo enfermos, haciendo cirugías, rehabilitando, capacitando a médicos locales, cambiando la vida de millones de personas que en la mayoría de los casos no han tenido los medios para ser atendidos por un médico. Las cámaras muestran casos de pequeñitos que nacen con malformaciones, de adultos que cargan con tumores imposibles durante años y que encuentran en ese barco la única posibilidad de mejorar. Veo la dedicación de los médicos que se separan de sus familias y sus países durante días, meses o años para, sin recibir ninguna compensación monetaria, atender a estas personas.


Entonces pienso en el contraste, pienso también que en este mundo en el que aparentemente la fama y el dinero son lo único importante, aparecen estos seres que trabajan con todo el corazón a cambio de sonrisas, de abrazos agradecidos, de la satisfacción de mejorar e impactar vidas. Con esas imágenes me acuesto, pensando en qué puedo hacer yo por alguien más y con la grata idea de que aún hay esperanza.