4 de octubre de 2023

Mi historia

 

Leí “Mi Historia” de Michelle Obama, sigo sin acostumbrarme a que las mujeres, en algunos países, pierdan su apellido para pasar al apellido de su hombre y nosotras tan tercermundistas eliminamos el “de” hace cuanto tiempo. Pero bueno, me leí el libro, sin la certeza de si en realidad lo escribió ella, puede ser, es una mujer muy preparada, el caso es que entre sus páginas pude ver a grosso modo algo de la realidad de la cultura norte americana, esa realidad que no ven los que persiguen el Sueño Americano, esa tan diferente a la que vemos en las películas, porque si de Colombia en cine solo se ven casuchas y traficantes, de USA solo vemos lujo y rubias despampanantes.

 

Pero al acercarnos un poco conocemos realidades diferentes, aquí nos quejamos por las filas para conseguir una cita o reclamar un medicamento, pero allá, el porcentaje de personas con acceso a un servicio médico es aterrador y lo que cubre ese servicio es lamentable. 

 

Y hablando de racismo, alguien me vio leyendo el libro y me dijo con ironía – pero esa gente (los Obama) están muy por encima del bien y del mal – Basta con leer un poco para entender todos los inconvenientes que debe superar una mujer negra en USA, porque el tema no es solo de raza, también el género es una traba en ese país tan avanzado. Y aquí recuerdo algo que contaba Barack Obama en un podcast, que alguna vez cuando era estudiante de Harvard, pasó cerca de un carro estacionado que tenía a una pareja dentro y escuchó como al verlo, activaron desde dentro los seguros de las puertas, solo por ser un hombre negro caminando en la noche.

 

En resumen, abriendo la ventanita de un libro para aprender de una sociedad, me pasa lo mismo que cuando viajo. Admiro la belleza y las bondades de otros lugares, pero agradezco también los avances y comodidades de nuestra tierrita.

23 de marzo de 2021

Relatividad

 

23/04/2014


Ya le tocará a la que venga…

 

Me pesa un poco la labor diaria, ya no quiero cumplir con mi deber, como que prefiero que todo se quede así y que la que se siente aquí descifre los misterios, responda las inquietudes, ordene los archivos.

 

Estoy a veintitrés días de entregar mi puesto, más de cinco años trabajé aquí, cinco años lidiando con egos gigantes, banalidades gigantes y cifras gigantes. Cinco años en los que reforcé mi idea de que lelv dinero es lo menos importante en la vida. “Son tan pobres que lo único que tienen es plata” dice mi compañera de puesto y es tan cierto, en este lugar he estado rodeada de personajes que tienen más dinero del que se van a poder gastar en lo que les queda de vida, que el mayor problema con el que deben lidiar es qué ponerse en la mañana, y los veo tan amargos, tan grises, tan inconformes, que agradezco no haber nacido en una cuna de oro.

 

Bueno, pero lo importante es que me voy, que empiezo una nueva vida llena de sueños y expectativas. Por primera vez voy a guerrearme el pan haciendo lo que me gusta. Dedicar tiempo a escribir, a corregir, a venderme como escritor es una actividad que seguramente no me va a dar la seguridad económica que tengo aquí sentada, pero que si va a darme la emoción de creerme escritor.

 

Empezar casi de ceros con más de cuarenta es una locura, lo sé, pero hace tanto dejé de hacer locuras que me parece absolutamente emocionante. Creo que lo que me hace más feliz de empezar este proceso, es la esperanza de que en algún tiempo, cuando le pregunten a mi hija qué hace la mamá, responda con orgullo “Mi mamá es escritora”. Cuando eso pase, sin importar el saldo de mi cuenta, me sentiré muy muy feliz.

 

23/3/2021

 

Me encontré el texto anterior en la nube, lo leí con curiosidad, no recordaba haberlo escrito. Ahora, repasando lo que ha pasado desde esa fecha, saco las siguientes conclusiones:

 

Empecé de ceros, bueno, en realidad empecé con mucho en mi haber, mucha experiencia, muchas dudas, muchas expectativas, muchas ilusiones. Han pasado siete años, no puedo creerlo, hice la cuenta con los dedos para estar segura porque me parece una locura, siete años, más de lo que trabajé ahí, pero comparar los casi seis de trabajo contra los siete que llevo de estar en casa es imposible, ahora entiendo eso de que el tiempo es relativo. Estos siete han sido tan cortos que casi no creo que son siete. Nuestra existencia va lento cuando tenemos que lidiar con lo que no nos hace felices, en cambio es increíblemente veloz cuando lo pasamos bien.

 

Sigo emocionada, ya no son 40, ahora son 50 y la vida que tengo pasa pronto, pueden ser los años, aunque en realidad creo que tiene que ver con la felicidad que me produce este momento. Soy escritora, de eso ya no tengo dudas, van cuatro novelas publicadas y aunque el resultado no ha sido el esperado en temas económicos y demás, la felicidad de saber lo que he logrado no la opaca nada. Ahora veo con una sonrisa en la boca, que mi hija sabe que su mamá es una escritora.

23 de junio de 2020

La princesita que quería la luna.


Esto lo escribí en 1998 y apareció en una limpieza del computador. 

Cada vez que pienso en un cuento, me convierto en la princesita que quería la luna; era una historia que hacia parte de un libro grande y pesado, lleno de cuentos, algunos de hadas, que no era para niños por su peso y tamaño, pero sí lo era por su contenido; y en la pasta, tenía un dibujo dorado (o era plateado?), que era el mismo que ilustraba el cuento, una niña en pijama, con una coronita en la cabeza, (porque era una princesa), parada de puntitas sobre el techo de una torre, que estiraba sus bracitos para poder alcanzar la luna, una luna delgada y melancólica, que se balanceaba en el cielo, ajena a los llantos de la princesita que no lograba alcanzarla.

No he podido nunca recordar el cuento, mucho menos el final, solo sé que en mi libro, sin importar a qué hora lo viera, siempre iba a encontrar a la pobre princesita llorando por su lejana luna.
 
Algunas veces siento que soy eso, una princesita inconforme, que tiene todo lo que las demás niñas (que no son princesitas) pueden soñar, y que a pesar de eso, busco un imposible, para que mi llanto tenga algún motivo, una luna inalcanzable, una estrella brillante, cualquier cosa que justifique (aunque sea de mentiras), una tristeza que ni siquiera yo logro explicar.


¿Sera normal? ¿Será que me escapé de la caratula de un viejo libro, y que estoy condenada a llorar por la luna? ¿Será que me acerco a la menopausia precoz? ¿Será que debo buscarme un buen psicoanalista que me cobre caro por cada sesión?, ¿O me servirá una vaciada gratis de alguien que me quiera par que se me quite la pendejada?

16 de junio de 2020

Punto de vista


Siempre había disfrutado su ventana, mirar por su ventana, abrir su ventana en las mañanas y dejar que el aire frío invadiera y limpiara su cuarto. Correr la cortina para permitir que la luz del sol calentara la mitad de su cama y una parte del tapete. Siempre había disfrutado asomarse un poco y ver a lo lejos el tráfico y la gente, los buses repletos de personas mal encaradas. Siempre había agradecido el estar observando desde lo alto la congestión y una que otra pelea de los peatones con los oficinistas que pasaban por el andén en sus bicicletas. Respiraba profundo y agradecía al cielo no tener que ser uno de esos oficinistas apurado en su bicicleta o una de esas mujeres apretujadas en el bus.

Pero ese día abrió de mala gana su ventana, afuera no había tráfico, ni buses, ni oficinistas. El aire que entraba era más limpio pero ya no la emocionaba, estar dentro ya no era una bendición, se había convertido en una obligación y eso, eso no lo soportaba.

7 de enero de 2020

Reflexiones de Año Nuevo


Andar por la vida es como manejar por Bogotá, le dan a uno un cursito básico (al menos los que nos preocupamos por tomarlo) y salimos a la calle a practicar: embrague, primera, freno, mirar para un lado, arrancar despacio. Así como cuando somos jovencitos y todo es nuevo y todo nos asusta, vamos andando, vamos cogiendo práctica y nos atrevemos a acelerar cuando vemos una vía sin desocupada, nos metemos en una relación o conseguimos un préstamo, entonces, cuando todo se ve bien, de la nada nos sale un camión, nos invade el carril y tenemos que frenar intempestivamente para no estrellarnos. Quedamos con el corazón en la mano, al borde del infarto, mientras el camión se pierde tranquilamente en la distancia. El camión podría ser nuestra primera decepción amorosa o perder el empleo cargando encima tremenda deuda. Y así, seguimos por la vida queriendo avanzar y esquivando conductores que no aprendieron a manejar sus vidas o a otros que manejan tan mal que hay que darles espacio para evitar que nos estrellen.


De vez en cuando también nos fallan los reflejos y terminamos con la vida abollada por uno de esos mal intencionados, por uno que va distraído haciendo daño o simplemente porque creemos que ya dominamos el arte de andar por la vida y nos distraemos.

Entonces ¿cuál es el éxito en la vía/vida? En estos años que llevo manejando la mía, he aprendido que no importa cuánto cuidado tengas, mientras manejes existe siempre el riesgo de que le pase algo a tu andar. Que te cierren, que te rayen, que te toque frenar de improviso y te quedes sin aire, que de alguna forma te afecten los demás conductores o que simplemente caigas en un hueco y se te dañe un eje. 


Hasta estando parqueado, en total tranquilidad y sin acercarte a los demás, te puede caer un ladrillo en el capó. Esa es la vida, hay que saber conducirla, aprender a ser cada vez más previsivo, andar por el carril propio y guardar una buena distancia para poder contar con el espacio suficiente para evadir a los que se creen Montoya o a los que no han aprendido a cambiar de carril, pero siendo conscientes de que mientras estés vivo, siempre vas a tener a tu alrededor peligros que pueden afectar tu vehículo. 


Dediquemos este año a consentirlo, una buena lavada de conciencia, una polichada de comida sana, una reparadita de motor haciéndonos exámenes para controlar el colesterol y los triglicéridos. Dediquemos tiempo y dinero a nuestra nave y no olvidemos afinar los frenos para tener con qué reaccionar cuando sea el momento.

21 de agosto de 2019

NN


Abrió los ojos, le ardían. La luz de los corredores no ayudaba, a su lado, una pared fría, casi blanca pero con manchas. Le dio asco. Entonces miró a su alrededor, trató de moverse y le respondió un dolor que le recorrió toda la espalda. Estaba acostada y cada trozo de piel contra la camilla le dolía. De su brazo reptaba un tubo que subía hasta una bolsa medio vacía que colgaba de un tubo oxidado. Su cuerpo estaba cubierto por una sábana azul celeste que seguramente fue más oscura antes de las mil lavadas que traía encima.



Trató de incorporarse pero sus brazos no respondieron, el poco músculo que quedaba adherido a los huesos estaba débil y entumido. Con esfuerzo levantó un poco la cabeza y vio a sus pies una fila de camillas, cada una con un personaje acostado y conectado a una bolsa como ella.



- Se despertó la NN – le dijo una enfermera a otra que le ayudaba y ambas la miraron con cara de asombro. Un rápido calor le subió a la cabeza, las mejillas de inmediato se llenaron de color, sintió que le hervían las cienes – No soy ninguna NN – pensó con furia.

- Si quiera se despertó – le dijo la enfermera mientras se acercaba por el corredor – Estábamos preocupados después de tantos días ¿cómo se siente? - Ella intentó responderle, pero en cada movimiento, un nuevo dolor aparecía.


- ¿Cómo se llama? – le preguntó. Ella abrió la boca para responder a la más sencilla de las preguntas, esa que se le hace a todo ser humano desde antes de que tenga la capacidad de responder. Entonces su cerebro se puso en blanco, no había recuerdos, no pudo rescatar un solo instante de su vida anterior a ese momento. No sabía quién era ni de dónde venía, entonces, con angustia lo admitió callada, soy una NN.