22 de junio de 2015

Hablar de maltrato



  
Este camino de escritora, que lleva poco tiempo siendo de conocimiento general, pero años creciendo en silencio, me ha dado la satisfacción de poder enfrentarme con el público. Muchas veces con personas que han leído mi libro, otras con personajes que se acercan curiosos a preguntar de qué se trata. 

En ambos casos, al tocar el tema de ¨Donde guardas tus miedos¨, surge la pregunta de ¿por qué hablar de maltrato? 

Es increíble que, siendo un tema tan impactante y de consecuencias tan desastrosas para las mujeres que lo sufren y sus familias, siga ocurriendo a diario y lo sigamos viéndolo como algo normal. Las frases con las que hemos sido criados como “hay que sacrificarse para conservar la familia unida”, “un niño debe criarse con papá y mamá”, “él va a cambiar” o “él no es así”,  condenan a las mujeres formadas bajo esos parámetros, que creen que  si sus madres o sus hermanas han pasado por eso, ellas también deben “aguantar”.

La falta de conceptos claros acerca de lo que es el amor, de lo que es necesario hacer para conservar una familia unida, de lo que está bien o mal dentro de una relación de pareja, pero sobre todo la falta de amor propio, hace que muchas mujeres vean temas de maltrato como comportamientos normales por parte de su pareja o de los hombres con los que se relacionan.

No podemos permitir que se perpetúe el problema, criando hijas sumisas que acepten las realidades de sus madres y las repitan en sus hogares cuando llegan a la adultez, en mi libro Adriana sufre el abandono de su esposo y debe criar sola a sus hijos y aunque teme que la historia se repita, no hace nada por evitarlo. Debemos capacitarnos para educar hombres y mujeres con una alta autoestima, que aprendan desde pequeños a respetarse y respetar a los demás, que no permanezcan callados frente a los comportamientos de maltrato hacia ellos o hacia las personas que los rodean, que nuestras mujeres se valoren y entiendan que aunque es importante que los hijos tengan un padre, no cualquiera puede ocupar ese espacio. Alguna vez escuché que tener un piano en la casa no te hace pianista, eso aplica perfectamente para esas familias en las que el padre está ahí, de cuerpo presente, pero no se preocupa de ser padre, no le da a los hijos la importancia que merecen, no valora a su esposa, no invierte su tiempo en construir una relación sana de familia. Duerme en la casa, comparte el espacio, seguramente provee estabilidad económica, pero como el piano, si no ha cimentado una relación de afecto responsable, no es pianista.

2 de marzo de 2015

Martes



Detuvo su carro frente al parque como todos los martes. Sintió la desolación de saber el resultado, respiró profundo, buscando en el fondo de su pecho algo de esperanza. Sabía que era inútil, aun así se bajó y caminó en dirección a la banca verde. Se sentó a la derecha, igual que ese día, ese primer día que la vio sentada sobre el pequeño montículo del rodadero.

 
Trató de parecer interesado en algo más, pero sus ojos no dejaban de buscarla. Era menuda, el pelo desordenado, algo crespo, de un café oscuro como las cortezas de los árboles que le daban sombra. Usaba un saco de botones abierto y evidentemente prestado o heredado, las mangas muy largas, el cuello mucho más grande que el de ella. La estudió desde la banca, solo aparecía los martes. Él, en cambio, paraba a diario en el parque, siempre a la misma hora, para cargarse del cantos de los pájaros, del sonido del viento meciendo las ramas, antes de sumergirse entre los gritos de los obreros y el ruido de las grúas de la construcción.

Fue un 15 de marzo, lo recordaba bien porque ese día pagaba la nómina. Se sentó en la banca y la vio entrar al parque, pero en lugar de caminar hacia la pequeña montaña, caminó directamente hacia el lugar en el que estaba sentado.
-          Hola – le dijo con su voz de niña.
-          Hola – contestó él sorprendido, tantos días de verla, de analizarla, de revisarla, de admirarla y nunca esperó hablar con ella.
-          ¿Vives cerca? Le preguntó mirándolo con sus ojos oscuros de largas pestañas.
-          No, trabajo en la obra de enfrente, soy arquitecto.
-          Yo te he visto, ese carrito es el tuyo ¿cierto?
-          Si, el blanco.
-          ¿Qué carro es?
-          Un Ford Fiesta.
-          Ah, como el de la canción “en un Ford Fiesta blanco y un jersey amarillo” – canturreó.
-          Y tú ¿cómo te sabes esa canción? Los Hombres G cantaban eso cuando tú seguramente no habías nacido.
-          Es que Juan tiene todos sus discos.

El sintió un frio que le subía por la espalda, no le importaba, seguro que no, pero existía un Juan ¿sería su novio?

-          ¿Y Juan es? – preguntó indiferente
-          Mi hermano – respondió ella mirando hacia los rodaderos.
-          ¿Te lleva muchos años tu hermano?
-          Muchos ¿viste que pintaron los rodaderos?

Hablaron por un buen rato, hasta que se hizo evidente el ruido de la construcción y él tuvo que despedirse, lo esperaban sus empleados.

Hablar con ella los martes se volvió rutina, ella parloteaba cosas sin importancia, también cosas íntimas, pero ninguna aportaba datos sobre quién era. Le contó por ejemplo que sabía en qué momento sacar un huevo del agua hirviendo y que le quedara melcochudo sin contar con un reloj; o que le encantaba el arequipe con leche condensada. Pero si él preguntaba datos específicos como con quién vives o qué haces, ella empezaba a hablar de mil cosas con la mirada clavada en el rodadero.

Con la espontaneidad de ese primer martes en que le habló, con esa misma, un martes lo besó. Él se debatía entre la curiosidad que le causaba, el deseo que se encendía, la carnosidad de esos labios que hablaban sin parar y la angustia de no tener idea de si era al menos mayor de edad. Con esa manera de evadir las preguntas importantes, él no lograba descifrar que edad podía tener ella, el cuerpo menudo no daba pistas, la ropa grande no ayudaba, la voz de niña lo angustiaba, la forma de besar tan sensual, tan experta lo desconcertaba. Vivía la semana entera por los besos de los martes, trabajaba distraído imaginando qué más podría ofrecer esa boca apasionada con dientes grandes de niña. Moría por tocarla, pero en ese parque tan concurrido, tan iluminado por el sol de la mañana era imposible. Eso sumado al temor de la diferencia de edades lo acobardaba. Si ella llegaba a los diez y ocho, él le llevaba algo más de veinte.

Intentó invitarla a salir un par de veces, a encontrarse en otro lugar, pero como con las preguntas, ella de inmediato cambiaba el tema desviando la mirada.

Era un martes importante, acababan de consignar el aporte de socios al proyecto, ese día pasaban de la excavación a la construcción. Se levantó radiante, quería contarle, desde que la conoció tenía con quien compartir las novedades. Se sentó en la banca a esperarla con un tarro de arequipe y una lata de leche condensada. La vio entrar, al principio solo detalló sus ojos, lo enfrentaba con el ceño fruncido, disgustada, más bien amenazante. Él se puso de pie, con sus regalos en las manos y algo como un resorte lo devolvió a la silla al observar el carrito que ella empujaba, un cochecito de bebé, a su lado, aferrada al coche caminaba una niña pequeña de pelo café oscuro como la corteza de los árboles. De la otra mano de la niña un hombre, un tipo alto de unos cuarenta años.

El impacto lo inmovilizó, entonces recordó la única conversación en la que supo algún dato de su vida, el día que nombró al hermano muy mayor. Seguro eran los hijos del hermano, respiró de nuevo, la sonrisa le volvió a la cara.

Le duró poco. Mientras la pequeña niña se lanzaba por el rodadero, el tipo alto se acercó a ella y la besó en la boca, poniéndole descaradamente una mano en el trasero. No pudo soportarlo más, se alejó del parque enfurecido, indignado, desolado, amargado.

El martes siguiente su carro se detuvo frente al parque, como si tomara decisiones propias, arrancó furioso sin siquiera mirar hacia la banca o el rodadero. Sufrió toda la semana, debía existir una explicación, sería víctima de un matrimonio infeliz, estaría con ese tipo por plata, debía haber un error, conocerla fue un error. Desamparado regresó el martes siguiente y el miércoles y toda la semana y una más. Pero no volvió a verla.

Ella no volvió y él, sentado en la banca de siempre, se sintió un poco como el perro que esperó en la estación a su dueño hasta que se compadeció de él la muerte.

18 de febrero de 2015

Lo amoroso y lo detestable de las redes sociales


Las redes sociales se han convertido en una realidad que lo invade todo y como todo tiene muchas cosas positivas y también muchas negativas. Para una persona de última generación, entender las maravillas de las redes no es fácil, nacieron con ellas y les parece que es lo normal, nunca van a concebir que hace unos años, encontrar a una persona con la que se ha perdido el contacto se limitaba a una búsqueda en las páginas blancas, que podía complicarse si el buscado era de apellido Rodríguez y empeoraba si se llamaba Jorge, Jaime o María. La otra opción era buscar amigos comunes para ver si alguien tenía idea de que había pasado con el buscado.

Ahora encontrara a las amigas de colegio con las que se perdió el contacto veinte años atrás es tan fácil como recordar el nombre, aún más fácil si se recuerda el segundo apellido, se da buscar en la casilla de la lupa y listo, si hay muchos resultados posibles, se apoya uno en la foto o en la información adicional como el colegio o la universidad en la que estudió. Entonces, lo que hace tiempo era una tarea imposible, como encontrar a la que se fue del país veinte años atrás sin dejar pistas, se convierte en una búsqueda de segundos, enviar invitación y ¡charán!, en minutos puedes enterarte de que hizo esta persona en los veinte años que dejaste de verla.

Pero como todo, hay un lado bueno y otro no tan agradable, como que te enteras a diario de mil vainas que no te interesan, de otras mil que te incomodan y unas más que te pudren. Verbigracia: los fanatismos religiosos y antireligiosos, los fanatismos deportivos, los fanatismos políticos de los que defienden a un fulano corrupto y tramposo como si fuera de la familia, los apoyan a muerte, con la inocencia que da la parcialidad en la información o la ignorancia. Entiéndase, no critico los comentarios de actualidad en los temas mencionados, lo que no soporto es el tono fanático de algunos.

Los estados anímicos autocompasivos en los que sin querer las personas que los ponen están divulgando fallas internas que sería mejor dejar en la intimidad. Las cadenas, si, siguen existiendo las detestables cadenas del estilo “si no reenvías este mensaje en cinco minutos te va a partir un rayo”, “si no le envías esto a por lo menos cien personas una desgracia llegará a tu casa” etc, etc. Pero las que definitivamente me pudren son las que empiezan con un “Yo sé que no vas a compartir esta imagen porque…” “yo sé que no vas a dar like porque no quieres a los niños”, “yo sé que no vas a reenviar porque no te gustan los animales”, ¿qué sabe de mí el que creó el mensaje?, esos me enfurecen más que las llamadas al celular que empiezan con un “¿con quién tengo el gusto de hablar?” que es el preludio de una conversación de media hora en la que van a ofrecerme el crédito de mi vida.


Espero que no tomen el mensaje personal, seguramente también han tenido que lidiar con las pendejadas que yo publico y que pueden carecer de interés, pero decirlo al aire o a la hoja me permite desahogarme.

11 de febrero de 2015

De monte oscuro

Me encontraba de visita en la rustica cabaña de vacaciones de mi tía Inés. Era un día lluvioso en el que a pesar del clima salí a dar un paseo por la playa que encontré sucia y salpicada de restos dejados ahí por la tempestad de la noche anterior. Al regresar a la casa vi, sobre la mesa de centro, la piel estirada de una gran culebra, di un salto hacia atrás, luchando por que no se notara mi perturbación ante un pedazo de animal que estaba obviamente muerto.

- Es una culebra de monte oscuro – dijo la tía Inés –antes había por montones – y noté en su voz una cierta nostalgia mientras pasaba su dedo placenteramente por la piel rugosa.

- Cuando los primeros pobladores de esta isla exploraron la montaña que hay en el centro, las encontraron, eran culebras de gran tamaño a las que sin miedo alguno les aplastaban la cabeza, arrancaban la piel y la traían como trofeo a las aldeas. Usualmente el más aguerrido era el que adornaba su choza con la piel más larga.

Yo miraba incrédulo, la piel abierta y gris que ocupaba casi el largo de la mesa y seguía sin entender que ella la acariciara como si fuera una seda fina en lugar de una escamosa tira de cuero.

Ya quedan pocas, la mayoría pequeñas, aparecen cerca a la playa después de las tormentas, buscando las huellas de los depredadores que casi las exterminaron. Dice la leyenda que son muy inteligentes y que trabajan en grupo. Cuando logran atrapar un humano, las pequeñas como ésta, lo envuelven con sus cuerpos asfixiándolo lentamente, otras se adentran en la selva para dar aviso a la gran culebra de monte oscuro que repta desde su escondite en lo más profundo de la selva, para alimentarse del humano atrapado. No lo hace por la carne del hombre, lo hace por venganza al ver diezmada su familia. Es por eso que hoy, para cerrar el círculo vicioso, los pescadores, cuando encuentran una alejada de su grupo, la matan aplastándole la cabeza. Ya no las llevan a las casas, porque según lo que contaban los mayores, las hermanas de la culebra buscan por el olor el cuerpo, iniciando así su cacería contra el humano que se atrevió a matarla, entonces, llegan en grupo a buscarlo.

-¿ Y qué haces con esa piel aquí? – le pregunté alarmado

- Martín por favor, esa es una leyenda – me respondió torciendo la boca

Esa noche, toqué curioso la piel y sentí un escalofrío pensando en lo angustiosa que debe ser la muerte por asfixia. Nos quedamos leyendo hasta tarde en las hamacas que cuelgan bajo el techo de la entrada de la cabaña. Cerca a la media noche empezó a llover y se fue la luz.

- Ni modo, nos tocó irnos a dormir, la tormenta debió dañar algún transformador, seguro que mañana lo reparan – dijo mi tía levantándose.


Me acosté intranquilo, mi linterna apretada bajo la cobija, casi no logro dormirme. Debía acercarse la madrugada, cuando sentí que mi pecho no lograba expandirse para respirar, algo me apretaba, pensé en la linterna pero mis brazos estaban inmovilizados, quise abrir los ojos y una piel rugosa que reptaba sobre mi rostro me lo impidió.

20 de junio de 2014

Yo y el Mundial de Fútbol

Ayer jugó Colombia su segundo partido en el Mundial de Fútbol de Brasil. Los que me conocen se preguntarán que hago yo, una mujer que básicamente detesta el fútbol, empezando un escrito con semejante tema. La verdad  me pregunto lo mismo, pero es que más que fútbol lo que vi ayer fue patria. Un amor de patria que no es muy común en mi país.

Desde el sábado pasado que fue el primer partido de la selección, las calles están invadidas de amarillo, de fiebre amarilla. Las personas caminan orgullosas con la camiseta, los ejecutivos la llevan puesta sobre la corbata, las rutas escolares van amarillas del conductor a los estudiantes, hay más banderas izadas en los edificios que el 20 de julio, hasta las mascotas se visten de amarillo. Los estadios en los que ha jugado Colombia se han pintado del mismo color, es como si nuestro país hubiera viajado camuflado entre las maletas de los jugadores y el himno nacional cantado con el alma por una gran mayoría de los asistentes al partido es algo que eriza la piel.

Es emocionante salir a las calles, es ensordecedor cada gol marcado, cuando dan el pitazo final del encuentro la ciudad enloquece de cornetas y chiflidos, llueve harina, espuma, papelitos con el tricolor en medio de gritos y lágrimas.

Es amor de patria en los poros de los que compartimos esta tierra tan acostumbrada a las noticias no tan positivas. Es un nacionalismo que usualmente ocultamos y que estos días del Mundial crece y se desborda. Esa pasión que inspira nuestra tierra es algo que deberíamos acariciar diariamente, ese orgullo, esas lágrimas, esos besos a nuestro amarillo, azul y rojo, todos esos síntomas de la enfermedad amarilla deberían ser nuestro diario y contagiarnos permanentemente. Querer a este país de luchadores es lo que nos falta para llegar lejos, convencernos de que estamos en un paraíso diverso, que puede ser fácilmente el mejor vividero del mundo es lo que necesitamos para que se convierta en realidad.

Que viva la Selección Colombia que hace que los no futboleros veamos cada pase comiéndonos las uñas y vibrando con los colores de nuestra bandera.

28 de febrero de 2014

Bogotana

Bogotana si, y de pura cepa, me crié con el “chirriado” de mis tías, el “hedor” y su conjugación “hiede” el “tres” y el “tris” con un extraño sonido como a ch en medio de la “t” y la “r”, la diferenciación marcada de mi mamá entre la “y” y la “ll” que sonaría como /yuca/ con la y sonora y /iuvia/ para el lluvia, el “¿que qué ala?” y “chinita querida” de las profesoras del colegio. Términos muy cachacos que cuando pequeña me daban risa y que ahora creo que habría sido rico perpetuar.

De las bogotanadas que me pasan hay muchas que también le pasan a los demás, no estoy sola en mi ignorancia. Alguna vez en un tour cerca a Escocia, vi emocionada un grupo de vacas blanco con negro pastando en un potrero –¡vacas bogotanas!- le dije emocionada a mi compañero de silla, un paisa que muy tierno me contestó –no seas bruta, son vacas holstein y son inglesas- lo que él no sabía es que son holandesas.

Leí hace poco un artículo de un bogotano que se sorprendió al encontrarse en plenas ruinas Incas a un copetón, el pequeño pajarito café que vemos desde pequeños en nuestros jardines y que ése bogotano pensó que era exclusivo de nuestra ciudad. He notado con tristeza que cada vez hay menos copetones rondando por los jardines, y recuerdo un par de anécdotas de mi niñez relacionadas con estos simpáticos amiguitos. La primera ocurrió un día que el chillido angustiado de un par de copetones llamó nuestra atención, algo ocurría se movían desesperados por el techo de la casa, entonces escuchamos un leve piar que salía de la canal de aguas lluvias (iuvias diría mi mamá) entonces entendimos que la cría de los pajaritos había caído por la canal quedando atrapada al final del tubo. Vi cómo mis hermanos inventaban estrategias para sacarlo mientras yo lloraba desconsolada, desbarataron varios ganchos de ropa que en esa época eran un simple alambre dulce con forma de gancho de ropa, los unieron haciendo un circulo al final con la esperanza de alcanzar el pajarito y poder sacarlo, pero la distancia de más de dos metros, del techo al codo en que debía estar el polluelo no ayudaban, inventaron otras estrategias, hasta pensaron en romper el metal, pero el chillido era cada vez más débil. Finalmente decidieron, ya sin esperanza, suspender el rescate. Lloré un par de días más imaginando al pobre pajarito y viendo a los papás rondando alrededor del lugar.

La otra fue una de esas cosas extrañas que pueden ser casualidad pero que se quedan grabadas en la mente. El techo de la entrada de mi casa era compartido con el de la entrada de la casa vecina, una tarde, al llegar del colegio vi un copetón caminando por la viga que comunicaba las dos puertas. En la noche la vecina nos timbró, estaba muy preocupada porque su esposo no llegaba, había llamado a la oficina, a los amigos y nadie sabía nada de él. Mientras nos contaba yo veía que a pesar de la hora el pajarito seguía ahí, caminando de un lado al otro, mi mamá la acompañó hasta tarde y el copetón permanecía en su lugar. Ya en la mañana, muy temprano mi mamá pasó a preguntar si sabían algo y la vecina llorando le contó que lo habían encontrado muerto, en circunstancias extrañas. El copetón ya no estaba. Siempre me pregunté si el pajarito no sería de alguna manera el mensajero de este hombre que no pudo despedirse de su familia.

Mi primo que era bastante fan de los animales se encontró un copetón caído del nido y lo crió dándole todas las libertades posibles, lo recuerdo yendo a mi casa de visita con el pajarito en el hombro, recuerdo que volaba, exploraba y al silbar mi primo, volvía al hombro protector; yo misma tuve uno que encontré abandonado muy pequeño, con motas blancas en lugar de plumas y le di de comer arroz en pedacitos y gotas de agua que tomaba con su pico de mi uña, durante el día a pesar de tener granos servidos no comía esperándome y cuando ya volaba de un lado al otro en mi alcoba, lo regresé al lugar en el que lo había encontrado.


Definitivamente me gustan estos pajaritos que para tantas personas pasan desapercibidos, y espero seguirlos viendo picoteando migas por ahí, que sigan siendo representantes de esta ciudad que quiero y que espero pueda avanzar, a pesar de tanto político, para entonces, mis chatos, poder verla más chirriada.

25 de octubre de 2013

Otra tarea de uno de mis talleres de escritura,

Impreso
Atentamente se dirige a la Corte Disciplinar del Lenguaje doña María Margarita Arenas: rogaría se tramitasen las instancias hacia este Tribunal para que tuviera a bien variar sustancialmente o en lo posible el siguiente aspecto de nuestro lenguaje

_ Forma verbal considerada de especialmente inútil dificultad
_ Orden y sintaxis de la frase
_ Nuevos significados de palabras consideradas de evidente mayor belleza que contenido
X Otras cuestiones fonéticas, morfológicas, sociológicas…

Concretamente, mi solicitud se refiere a: la cacofonía resultante del uso de las letras y o sonidos /g/ y /r/ ó /r/ y /g/ dentro de la misma palabra,  siendo aun más condenables las que además sumen una /v/ a su cacofonía, proponiendo que se prohíba su uso y se declare públicamente que no se deben volver a utilizar, mencionar, señalar, nombrar, bajo penas dictadas por esta Corte.
En caso de que mi oferta no sea aceptada, debo declarar que son ustedes unos vergajos, incapaces de pasar una verja, que merecen hacer gárgaras de gargajos con grumos de gripe, faltos de gramática y también unos grabadores sin garbo de poca envergadura, gruesos de grapas y de verga grosera, a los que se les debería embargar sin letargo tanto gorgojo grotesco de organza vírgula en grageas, irguiendo su vergüenza purgativa de garguero vergonzoso carente de grandilocuencia que emiten graznidos greñudos de vinagre en granos, gritones grandulones grasientos de lágrima desvirgada y carga amarga de bergamota en garguero.

Esperando que tengan a bien la consideración y aprobación de mi experta sugerencia, se despide con afecto,

23 de agosto de 2013

Colcha de retazos

La vida es una colcha de retazos, con cada vivencia, cada persona, cada experiencia, sumamos un cuadrito a nuestra colcha y esa suma de colores, texturas, estampados es lo que hace al final un todo, una historia.
En vi vida afortunadamente, he podido recolectar variedad de trocitos para mi colcha, y si miro lo que he cosido hasta ahora, se escapan de mi un suspiro y una sonrisa. Han sido tantas las personas que me he cruzado y tantas las enseñanzas que me han dejado que no puedo más que sentirme plena y satisfecha. Sé que falta mucho camino por recorrer y muchos más colores por sumar, pero lo que llevo tejido en mi colcha me llena de felicidad.

Cada persona ha dejado algo para esta recopilación de experiencias, del primero al último han aportado, las carticas de amor dobladas con forma de camisa, toda la historia que aprendí de Bogotá, sacarle gusto a las canciones de Inxs, recibir mensajes en servilletas, descubrir la música de Presuntos Implicados, o las sinfonías de Mahler, comer patacón, disparar bolitas de pintura por la ventana, recorrer la universidad bajo una lluvia torrencial y sin sombrilla, un beso bajo esa lluvia sintiendo las gotas mezclarse con las lenguas, comer empanada con ají al lado del Támesis, bailar durante horas robando miradas a los demás en la pista, estudiar francés sobre el pasto en un día soleado, jugar bolos hasta que nos apaguen la pista, el placer de un cigarro con Henessy, caminar por una playa con mi mano en otra mano, sentir como el corazón se acelera al abrir una caja de rosas; son tantos los recuerdos y las sensaciones, son tantos los instantes guardados en el alma. Qué delicia que es vivir, y aunque en la colcha también hay telas grises y desteñidas, en medio de tantas flores, pepas y cuadros se ven hasta bien.

24 de julio de 2013

¿Por qué Mariana Santamaria?

Cuando empezó este sueño, pensé en publicar mi biografía, que era lo único que tenía escrito; pero publicar una biografía es como darle la llave de la caja fuerte a un desconocido, es abrir el alma y aunque yo en mi vida diaria no me guardo mucho, dejar que los demás lean cada sentimiento, cada pensamiento, cada vivencia es muy atrevido, por lo que me pareció buena idea crear un seudónimo en el que pudiera esconderme y a la vez mostrarme sin ser yo.

Escoger el nombre fue fácil, parece que cuando nací mi mamá quería que yo me llamara Ana María, mi papá María Margarita, hogar machista, padre persuasivo… pero el Ana María siempre me sonó, entonces le cambié el orden para crear el Mariana. El apellido lo saqué de mi primera visita al Museo Nacional. En la clase de historia del arte, nos pidieron ir a una exposición del que se catalogó como el primer impresionista colombiano. En el salón principal me encontré con un cuadro que me pareció inmenso y al lado el nombre del autor Andrés de Santa María. Desde ese entonces me encantan los impresionistas y de ahí tomé el apellido.
Las lavanderas del Sena - Andrés de Santa María


La biografía se quedó escondida, aún la conservo en la memoria de algún computador, pero el seudónimo me encantó y lo usé para crear el blog y para enviar cuentos a los concursos.

27 de junio de 2013

Increíble

A veces pienso que es mejor no leer ni ver noticias. Me hago el propósito de aislarme, pero se me olvida, caigo y me encuentro frente al televisor o leyendo el periódico en Internet, sintiéndome culpable por querer ignorar las desgracias del mundo.

Hoy me pasó, y me encontré con la noticia de una mujer que queriendo escapar de la golpiza que le estaba dando el marido, que trató de asfixiarla varias veces, se lanzó por la ventana del cuarto piso, con la suerte o desgracia de quedar viva aunque medio desbaratada en el pavimento.

Es increíble, increíble que a pesar de los avances del mundo, de los cambios en los roles, de la educación, las mujeres sigamos siendo víctimas del maltrato, el porqué no logro entenderlo, queriendo hacerme un buen escenario para comprender escribí mi libro “El príncipe de latón” y creo que al inventar el drama de una mujer maltratada logré ponerme un poco en sus pantalones, pero sigue siendo increíble que esas cosas pasen y que existan niños en el mundo que se quedan sin mamá por culpa del papá.


Es aún más increíble que una persona caiga desde semejante altura y quede viva, o que tenga las agallas para lanzarse pero no las tenga para detener al monstruo que la ataca o para denunciarlo a tiempo. Pero lo más impresionante de toda la historia, lo que de verdad me llenó de rabia con el mundo, con las noticias y conmigo misma por leerlas y saber que no voy a hacer nada al respecto, lo que de verdad me enfureció es que la nota termina diciendo que el “atacante” está libre porque la fiscalía “no encontró motivos suficientes para detenerlo”