Sentía el frio de la pared en su
espalda, no le importaba que la vieran ahí sentada, casi tirada contra el muro.
Sus ojos seguían clavados en la curva al final del corredor. La luz que entraba
por las múltiples ventanas pintaba de amarillo el lugar, un amarillo que le
pareció ocre, lo demás café, como manchado por un reguero de tinto. Quería
moverse, irse, pero era imposible levantar ese cuerpo que en ese instante
pesaba tanto.

Era el primer día de la
exposición, el gran día, tenía la ropa preparada desde que aceptaron sus fotos,
un pantalón de manchas en negro y blanco, camiseta blanca, una chaqueta gruesa,
regalo de su madre, bufanda roja y claro, la boina para darse un aire más bohemio.
El peinado, el poco maquillaje, todo preparado desde mucho antes para la gran ocasión,
todo calculado minuciosamente para el gran día. Ni siquiera la ausencia de
Lucas había logrado desanimarla, ella entendía, estaba tan ocupado con su
trabajo de tesis que últimamente no tenía mucho tiempo para verla, pero estaba
bien, era tan estudioso, tan dedicado, ella admiraba eso en él.
Llegó temprano al museo, firmó
los documentos finales y caminó emocionada hacia la pared destinada para
sostener su obra, sus dos fotos. Se acercó a ellas con lágrimas en los ojos, le
parecieron las mejores fotos de toda la exposición, la forma en que captaban la
luz, el primer plano. Intuyó su nombre al lado de cada una porque las lágrimas
no le permitían ver los detalles.
Se dio unos minutos para disfrutar
tanta dicha, pasó el resto de la mañana hablando con otros expositores, con
visitantes que se acercaban a preguntar detalles que ella explicaba emocionada.
Pasado el medio día salió a comer algo y al regresar al museo lo vio, primero
pensó que sus ojos la engañaban, caminaba en dirección a la entrada del
edificio con la camisa de cuadros que ella le había regalado, no podía creerlo,
no podía ser él, debía estar en casa trabajando en su tesis, no en el museo. Pero
sí, era él, decidió seguirlo para asegurarse de lo que veía, las piernas le temblaban,
las manos también, en la cabeza le hervía la sangre.
No pudo más, se recostó
contra el muro y sus piernas cedieron, se quedó ahí sentada, abandonada contra
la pared mientras él se alejaba por el corredor, perdiéndose en la curva,
abrazando a una mujer a la que besaba a cada paso.