24 de mayo de 2018

#Niunamas



Infinidad de campañas se hacen a diario intentando crear conciencia sobre el tema de la violencia de género. Se plantean nuevas leyes que protejan a las mujeres y que incluyan penas ejemplares para los implicados en actos de violencia contra la mujer. Hace poco tiempo se logró un avance con la Ley Rosa Elvira Cely en la que se reconoce el feminicidio como “un delito autónomo, con el fin de garantizar la investigación y sanción de las violencias contra las mujeres por motivos de género y discriminación”. Pero aunque estas modificaciones a la ley son una gran ayuda, su efectividad es nula cuando la mujer que está sufriendo el maltrato opta por callar.


En mi novela “Donde guardas tus miedos” aparece Ana, la protagonista, quien se ve atrapada en una situación que no sabe manejar y que se le convierte en un problema mayor cuando el silencio la lleva a enfrentar una realidad que la sobrepasa. En varias entrevistas he dicho que si Ana hubiera confiado en su madre, o en un adulto que pudiera ayudarla, la novela se habría acabado en los primeros capítulos. Esto pasa en la vida real, callar es la peor opción cuando se sufre de maltrato. Las mujeres, bueno, en algunos casos también los hombres, que sufren algún tipo de abuso o maltrato y optan por esconder su sufrimiento por pena, por el qué dirán, por miedo o por el motivo que sea, dan pie para que el problema crezca hasta que llega el punto en el que se vuelve inmanejable y se sale de toda proporción, teniendo muchas veces consecuencias funestas para las víctimas. Algunas permanecen calladas cuidando la reputación del maltratador. Grave error, callar es la peor opción.

La invitación para estas personas que son víctimas es buscar ayuda. La familia, una persona de confianza o alguna de las instituciones que tienen los medios para dar ayuda y soluciones como el programa Sofía de la Secretaría de la Mujer, la policía, la fiscalía. Opciones hay, lo importante es tomar la decisión y no callar.

11 de abril de 2018

Dos días de vida.


Soñé que me quedaban dos días de vida. En mi sueño empezaba a ordenar todo, a marcar mis cosas con el nombre de quien debía heredarlas, pero mientras lo hacía, una tristeza inmensa empezó a invadirme. Lloraba y mis lágrimas que empezaron siendo de dolor, se convirtieron en lágrimas de rabia ¿por qué a mí? Con todo lo que queda por hacer, con todas las cosas que aún están pendientes, tanto por conocer, tanto por probar, tanto por vivir y solo 2 días.

Y es que justo cuando se nos acaba el tiempo es que nos damos cuenta de todo el que perdimos. Cuando suena el aviso de que van a cerrar es que nos percatamos de lo demorados que somos en cosas que no merecen nuestro tiempo. Pasamos por la vida sin prisa, caminando lento y cuando queremos correr, los músculos entumecidos dan cuenta de los años que han pasado. Lo que antes era normal ahora implica esfuerzo, entonces la realidad se nos sienta al lado y nos sonríe irónica, parece decirnos: lo desperdiciaste ¿no?

Se confabula con el cuerpo que sigue creyéndose inmortal y entre los dos nos dan una lección que puede ser un deje de campanas anunciando que viene el momento, pero que generalmente es el repique final, cuando ya es muy tarde para cualquier cosa.

 “No dejes para mañana…” Mañana mismo empiezo, diría Felipe.




18 de octubre de 2017

Cuando la naturaleza enfurece



Un terremoto, un huracán, una inundación, cuanta furia vemos últimamente en la naturaleza. Según Trump nos lo estamos imaginando, el cambio climático no existe. Esa es la solución fácil, enterrar la cabeza en la arena como el avestruz y así esperar que nadie nos vea. Eso hace él, desafortunadamente al ser el mandatario de una potencia, su cabeza en la arena trae consecuencias para todos los que habitamos el planeta. Pero aunque la reducción que haga los Estados Unidos en investigación afecte nuestro mundo, lo que está pasando parece no tener reversa. Lo vemos en la televisión y nos parece terrible, pero ¿y si nos pasa?

Intento ponerme en los zapatos de los afectados e imagino que pasaría si mañana, por el fenómeno que sea me veo en la calle con lo que tengo puesto como única posesión, sin un lugar para dormir, dependiendo de la caridad de las personas que quieran ayudar. Tal vez herida, tal vez sola, sin tener noticias de mi familia, caminando por una ciudad destrozada, intentando llegar a buscarlos en medio de ruinas. Eso en el momento de la desgracia, y después, ¿dónde vivir, en un albergue? ¿por cuánto tiempo, cómo conseguir un trabajo en una ciudad hecha ruinas?

Qué afortunados somos, del calentamiento global solo nos vemos afectados por algunas granizadas, unas leves inundaciones que ocurren generalmente en barrios lejanos y unos grados más en nuestra ciudad, grados que agradecemos porque antes era muy fría y nada más. Entonces seguimos desperdiciando el agua con baños interminables, acumulando todo tipo de desechos en la misma bolsa sin preocuparnos por reciclar, dejando todas las luces de la casa prendidas cuando no las necesitamos, etc, etc. Pensemos un poco que también nos puede afectar la furia de la naturaleza y hagamos pequeños cambios que puedan ayudar a preservar lo poco que nos queda.

27 de septiembre de 2017

Qué habría pasado si...



Hay días en que me sorprendo en el ejercicio de pensar qué habría pasado si… y me detengo en tantos momentos importantes de mi vida en los que he estado frente a dos o más caminos y en los que he tenido que optar, a veces no tan conscientemente, por uno de ellos. En el presente, luego de vivir durante años las realidades que me han traído mis elecciones, me detengo y pienso qué habría sido de mi vida si hubiera escogido otro camino. Entonces se abre un universo de posibilidades y opciones de lo que habría podido ser.



Me imagino siguiendo mis impulsos de adolescente que quiere cambiar el mundo, montada en un bote con ropa gruesa e impermeable, llena de coraje enfrentando con frascos de olor nauseabundo a un gran barco ballenero y con la seguridad de que con rescatar a una sola ballena lo estoy logrando. O me veo en el deseo de muy joven de dedicar mi vida a ayudar en lugar de estudiar, en medio de una tribu, alejada de la sociedad enseñando a niños desnutridos a alejarse de la muerte. O me encuentro de frente a un primer amor que no quería grandes responsabilidades en su vida, ante la posibilidad de un embarazo joven, aceptando el reto de sacar adelante a un hijo, sola, trabajando de sol a sol para poder pagarle los estudios y verlo graduarse con el sabor agridulce del logro, mezclado con la amargura del abandono. O me veo pasando por un ambiente en el que lo normal era ver a unos pocos consumir algo, ver a los demás beber sin medida y yo dejándome arrastrar, recorriendo calles con delirio de abstinencia buscando desesperadamente algo que meter en mi nariz. O enamorada del tipo equivocado, sufriendo las decepciones de compartir mi techo con una pareja egoísta que se enreda con cuanta persona se cruza en su camino.

 


Después de milies de panoramas, lo que si tengo claro es que ninguno de los giros que imagino me lleva a lo que soy ahora, a la mujer reflexiva, a la que goza sentada frente al computador creando historias, a la que suspira con una sonrisa en la boca viendo los árboles del parque desde la ventana, a la que cada mañana agradece al cielo por la suerte de estar viva y de ser quien es.

13 de septiembre de 2017

Vino el Papa, se fue el Papa.






Me impresiona que una figura de la importancia del mayor mandatario de la iglesia católica, se comporte como lo hace el Papa Francisco, derrumbando sin pretensiones, tradiciones y legados de opulencia y ostentación. Hacer recorridos en un carro como el que cualquier colombiano clase media puede comprar, usar telas sencillas sin brocados impresionantes, acercarse a las personas con interés genuino ignorando las cámaras. Hacer las cosas que hace portándose como un ser humano congruente con las lo que profesa es tan extraño como el personaje que se encuentra una billetera y la devuelve sin antes desvalijarla.


Y no debería ser extraño, debería ser lo normal y no sorprendernos; como debería ser normal que las personas que pregonan pertenecer a una iglesia, la que sea, que habla de amor y respeto al prójimo, practicaran esto como principio básico. Desafortunadamente no es así, entonces nos encontramos con el personaje que cumple con asistir a su culto, rezar, cantar, tomarse de las manos con sus vecinos durante la ceremonia y a la salida se atraviesa como un atarbán pisoteando a sus amados hermanos, o llega a la casa santificado a gritar a sus hijos y maltratar a su mujer.


¿Es tan difícil ser coherente? A veces siento que la coherencia es tan ajena al ser humano como el sentido común, que es el menos común de los sentidos.